El inicio de la temporada cálida marca el comienzo de uno de los eventos más asombrosos de la naturaleza: la aparición de las chicharras. Estos insectos, tras pasar un periodo de cuatro años bajo tierra, emergen finalmente a la superficie para cumplir con su ciclo vital. Durante su estancia en el subsuelo, las larvas se alimentan de la savia de las raíces de los árboles, desarrollando una resistencia notable antes de salir al mundo exterior para transformarse en adultos con alas.
Es común observar en los troncos de los árboles los restos de lo que muchos consideran chicharras muertas. Sin embargo, la ciencia aclara que se trata de la “exuvia” o esqueleto externo. Este es el proceso de muda donde el insecto abandona su antigua estructura para alcanzar la madurez. Una vez completada esta transición, los machos inician un potente sonido característico. Contrario a la creencia popular de que “revientan de tanto cantar”, este estruendo es una herramienta acústica diseñada exclusivamente para atraer a las hembras, quienes son las encargadas de elegir a su pareja.
Este ciclo de vida en la superficie es breve, durando apenas entre dos y tres semanas. En este tiempo, tras el apareamiento, las hembras depositan sus huevos en las grietas de los árboles. Al nacer, las nuevas larvas caen al suelo para enterrarse nuevamente, repitiendo este ciclo de paciencia y supervivencia por otros cuatro años.
¿Sabías qué?
En muchos países de América Latina, el canto de la chicharra está vinculado popularmente con la llegada de la época de calor o el anuncio de las lluvias. Su sonido no es vocal; lo producen mediante unos órganos llamados timbales situados en los costados de su abdomen, los cuales vibran a una velocidad asombrosa.
¿Te interesa conocer sobre alguna especie en particular que hayas visto o escuchado recientemente en tu zona?
